Entre todas las modalidades de protección de la propiedad industrial, la que más creció en España durante el pasado ejercicio no fue la patente, sino el diseño industrial. Las solicitudes aumentaron un 14,8 %, por delante de las patentes, que crecieron un 12 %, de las marcas, con un 11,5 %, y de los modelos de utilidad, con un 8 %, según los datos recogidos en el informe anual de la Oficina Española de Patentes y Marcas.

El dato no es una anécdota estadística, sino que encaja con el perfil de buena parte del tejido manufacturero español. El diseño industrial protege la apariencia externa de un producto –su forma, su configuración, sus líneas, su ornamentación– y es precisamente el activo que mejor se ajusta a sectores donde la diferenciación no siempre procede de una invención técnica patentable, sino de cómo se ve y se percibe el producto. Mueble, calzado, textil‑hogar, juguete, iluminación o menaje son ejemplos evidentes: en mercados saturados, donde la función básica está resuelta por decenas de competidores, la apariencia suele ser el único terreno de diferenciación real y, al mismo tiempo, el más fácil de copiar.
Este crecimiento coincide, además, con una mejora de la posición española en el Índice Mundial de Innovación que elabora la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, en el que el país avanza un puesto hasta el 28 entre las 139 economías analizadas. El mismo informe sitúa dos clústeres españoles entre los cien primeros del mundo, Barcelona en el puesto 45 y Madrid en el 48, ambos valorados por la combinación de invención protegida, actividad científica e inversión. Son señales moderadamente positivas en un contexto global marcado por el crecimiento de la inversión privada en I+D, que alcanzó los 1,5 billones de dólares, y por una concentración muy acusada del capital riesgo en torno a la inteligencia artificial.
Conviene precisar, no obstante, el alcance de esta figura para evitar expectativas erróneas. El diseño protege la apariencia, no la solución técnica: si lo que diferencia al producto es un mecanismo, un material o un proceso, la vía adecuada sigue siendo la patente o el modelo de utilidad. Tampoco ampara una idea genérica, sino una forma concreta tal y como queda representada en la solicitud. A cambio, ofrece ventajas prácticas notables frente a otras modalidades, ya que su tramitación resulta considerablemente más rápida y económica que la de una patente, no exige demostrar actividad inventiva y permite proteger distintas variantes de una misma familia de producto.
Para una pequeña empresa con colecciones que se renuevan cada temporada, se trata por tanto de una herramienta proporcionada a su realidad y a sus recursos. Y, sin embargo, la protección formal del diseño sigue siendo minoritaria en el tejido manufacturero español. Las razones más habituales son el desconocimiento del procedimiento, la percepción de que resulta caro o lento y la idea extendida de que solo merece la pena para los productos estrella del catálogo.
A ello se añade una cuestión de calendario que conviene tener presente: el momento de registrar es anterior a la presentación pública del producto, algo que no siempre se contempla cuando es la feria sectorial la que marca el ritmo de lanzamiento. Anticipar ese trámite evita situaciones difíciles de revertir una vez que el diseño ya ha circulado.
En definitiva, el avance registrado en 2025 sugiere que una parte creciente de las empresas españolas empieza a entender la apariencia de sus productos como un activo que merece protección y no únicamente como una decisión estética. Desde PLATECMA se seguirá reforzando la actividad formativa en propiedad industrial, en colaboración con la Oficina Española de Patentes y Marcas, para acercar estas herramientas a las empresas de los sectores manufactureros.
Fuentes: informe “OEPM en Cifras 2025”, de la Oficina Española de Patentes y Marcas, e Índice Mundial de Innovación 2026, de la OMPI (30 de septiembre de 2026). https://www.oepm.es/es/detalle-noticia/Espana-avanza-un-puesto-en-el-Indice-Mundial-de-Innovacion-2026
